Reflexiones al hilo del Apocalipsis (1ª parte)

Introducción

Dichoso el que lea y los que escuchen las palabras de esta profecía y guarden lo escrito en ella[1]. Esta solemne promesa de felicidad al comienzo del libro del Apocalipsis no debería corresponder a lo poco conocido que es este libro sagrado. Aunque mucho se ha escrito sobre el último libro que compone la Sagrada Escritura, sin embargo, para el cristiano medio, es prácticamente desconocido. Incluso muchos, piadosos y cultos, prefieren no adentrarse en sus imágenes, ante el riesgo de quedar como el negro en el sermón: con los pies fríos y la cabeza caliente. No se me esconde que pretender cambiar esta imagen de complejidad es tarea difícil. Me animo a hacerlo por la promesa que el mismo Dios hace en el versículo con que iniciaba este párrafo. Curiosamente en él resuena ya el eco de la sabia actitud que San Lucas nos cuenta de nuestra Madre: María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón[2]. En esta disposición me parece que se encuentra la clave que desvela las oscuridades del libro.

 

Dios, que es la Luz misma, no hizo escribir un libro de los que compone la Sagrada Escritura para oscurecer nuestras mentes. Si aceptamos que es un texto de Dios, hemos de convenir que en este libro Sagrado también hay mucha Luz, con mayúscula. Pero hace falta que nos acerquemos con actitud de humilde búsqueda a Jesús, el Cordero único digno de tomar el libro y abrir sus sellos[3]. Como nuestra Madre, que meditaba en su corazón los hechos, a primera vista incomprensibles, de la historia de la Salvación. Como los apóstoles que se acercaban al Señor a pedirle: explícanos la parábola[4]. Y obtenían en ese trato más personal y directo, que supone un interés y un amor por conocer la verdad, la respuesta que no se daba a los demás: A vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de Dios; a los demás sólo en parábolas, para que viendo, no vean y, oyendo, no entiendan[5].

 

Sin duda el Apocalipsis está lleno de secretos y misterios, de imágenes y parábolas aún por descifrar. Más aún, el mismo autor divino repite su actitud ante las muchedumbres que le escuchaban y se complace en sellar el significado de muchas de sus palabras: me disponía a escribir, cuando oí una voz del cielo que decía: «Sella lo que han dicho los siete truenos y no lo escribas»[6]. ¿A qué entonces intentar desvelarlos? Cierto que podríamos perder el tiempo. Como decía el sabio rabino Gamaliel, nos encontraríamos luchando contra Dios[7]. Pero no es menos cierto que los sellos son para abrirlos en el momento y del modo oportuno. Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa (...) y os anunciará lo que ha de venir[8]. Y Jesucristo, llegado el momento de tomar el libro y abrir sus sellos[9],  anuncia que el Espíritu nos hablará lo que (le) oiga[10]. Sin duda no es con un lenguaje común, pero tampoco es complejo o de eruditos pues la sabiduría de este mundo es necedad a los ojos de Dios[11] ha escogido Dios más bien lo necio del mundo para confundir a los sabios[12]. La oración, el trato personal con Dios, es la actitud que abre paso a la Luz que la divina Sabiduría quiso poner en esas líneas: Y me dijo: No selles las palabras proféticas de este libro, porque el Tiempo está cerca[13].

 

El libro que tiene entre las manos quiere guiar algunos pasos de este proceso personal e intransferible. Cada persona es irrepetible y su encuentro con el Creador es único: al que tenga sed, yo le daré del manantial del agua de la vida gratis[14]. Alguien dijo que Dios solo sabe contar hasta uno, que no tiene fotocopiadora. Estas páginas se han hecho con la intención de facilitar la andadura por el camino del trato personal con Dios, a partir del texto del Apocalipsis. Quizá desvelará algunos de mis descubrimientos y reflexiones pero estoy seguro que los más importantes, los que llegarán al fondo de Vd. mismo, los obtendrá, como decía el poeta, “haciendo camino al andar”. La empresa es atractiva y la remuneración está asegurada: el que tenga sed, que se acerque, y el que quiera, reciba gratis agua de vida[15]. Pero también me atrevería a decir, aún a riesgo de adelantar algunas de mis conclusiones, que esta tarea es ahora más apremiante que en otras épocas de la historia porque mira, vengo pronto. Dichoso el que guarde las palabras proféticas de este libro[16], porque el Tiempo está cerca[17].

 

Con el fin de conseguir el objetivo del libro, comenzaré por mostrar brevemente la distribución general del Apocalipsis para que los árboles no nos impidan ver el bosque. La estructura interna de sus capítulos es más sencilla de lo que a primera vista puede parecer. Luego, con mayor detalle, describiré la íntima relación que tiene el Apocalipsis con otros pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento. Sería imposible entender el Apocalipsis sin relacionarlo con el libro del Génesis, los escritos del profeta Daniel o las mismas narraciones de la Pasión de Nuestro Señor.

 

Por último, aplicaré la lupa a cada sección del bosque y, si fuere necesario a cada árbol. Los hay maravillosos. Trataré incluso de la armoniosa relación de algunos de ellos con el entorno que le rodea. Sin embargo, es imposible describirlo todo, porque además de prolijo, rompería con la finalidad principal de esta obra que sólo es enseñar a pasear por este vergel. El resto del camino lo debe hacer cada lector, con su personal interés y amor a la Verdad. Precisamente esta sencilla y profunda actitud es el antídoto que San Pablo dio para no sucumbir en los terribles vaivenes que nos esperan en el núcleo de los tiempos apocalípticos. En su segunda carta a los Tesalonicenses dice que la venida del Impío estará señalada por el influjo de Satanás, con toda clase de milagros, señales, prodigios engañosos, y todo tipo de maldades que seducirán a los que se han de condenar por no haber aceptado el amor de la verdad que les hubiera salvado. Por eso Dios les envía un poder seductor que les hace creer en la mentira, para que sean condenados todos cuantos no creyeron en la verdad y prefirieron la iniquidad[18].

 

Estoy seguro que disfrutará en el recorrido. En muchas ocasiones se encontrará a sí mismo pronunciando aquel grito de muchedumbres inmensas e incontables de toda nación, raza, pueblo y lengua unidos a los ángeles: alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza, a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén[19]. En otros momentos gritará con los que sufren y sufrieron ¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia y sin  tomar venganza por nuestra sangre de los habitantes de la tierra?[20] En otros, probablemente volverá a considerar en toda su hondura aquella petición que Jesús nos enseñó en el Padrenuestro: venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo[21]. En cualquier caso, llegará al convencimiento de que Dios es el Señor de la historia y de que su poder no ha menguado en nuestros tiempos tan especiales.

[1] Apocalipsis 1,3

[2] Lucas 2,19

[3] Apocalipsis 5,9

[4] Mateo 15,15; Marcos 4,10; Lucas 8,9

[5] Lucas 8,10

[6] Apocalipsis 10,4

[7] Hechos 5, 39

[8] Juan 16, 12-13

[9] Apocalipsis 5, 9

[10] Juan 16, 13

[11] 1 Cor 3, 19

[12] 1 Cor 1, 27

[13] Apocalipsis 22, 10

[14] Apocalipsis 21, 6

[15] Apocalipsis 22, 17

[16] Apocalipsis 22, 7

[17] Apocalipsis 1,3 y 22,10

[18] II Tesalonicenses 2, 9-12

[19] Apocalipsis 7,12

[20] Apocalipsis 6,10

[21] Mateo 6,10

Copyright © Antonio Yagüe 2000
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