Dichoso el que lea y
los que escuchen las palabras de esta profecía y guarden lo escrito en ella.
Esta solemne promesa de felicidad al comienzo del libro del Apocalipsis no
debería corresponder a lo poco conocido que es este libro sagrado. Aunque mucho
se ha escrito sobre el último libro que compone la Sagrada Escritura, sin
embargo, para el cristiano medio, es prácticamente desconocido. Incluso muchos,
piadosos y cultos, prefieren no adentrarse en sus imágenes, ante el riesgo de
quedar como el negro en el sermón: con los pies fríos y la cabeza caliente. No
se me esconde que pretender cambiar esta imagen de complejidad es tarea difícil.
Me animo a hacerlo por la promesa que el mismo Dios hace en el versículo con que
iniciaba este párrafo. Curiosamente en él resuena ya el eco de la sabia actitud
que San Lucas nos cuenta de nuestra Madre: María, por su parte, guardaba
todas estas cosas, y las meditaba en su corazón.
En esta disposición me parece que se encuentra la clave que desvela las
oscuridades del libro.
Dios, que es la Luz misma,
no hizo escribir un libro de los que compone la Sagrada Escritura para oscurecer
nuestras mentes. Si aceptamos que es un texto de Dios, hemos de convenir que en
este libro Sagrado también hay mucha Luz, con mayúscula. Pero hace falta que nos
acerquemos con actitud de humilde búsqueda a Jesús, el Cordero único digno
de tomar el libro y abrir sus sellos.
Como nuestra Madre, que meditaba en su corazón los hechos, a primera vista
incomprensibles, de la historia de la Salvación. Como los apóstoles que se
acercaban al Señor a pedirle: explícanos la parábola.
Y obtenían en ese trato más personal y directo, que supone un interés y un amor
por conocer la verdad, la respuesta que no se daba a los demás: A vosotros
se os ha dado el conocer los misterios del Reino de Dios; a los demás sólo en
parábolas, para que viendo, no vean y, oyendo, no entiendan.
Sin duda el Apocalipsis está
lleno de secretos y misterios, de imágenes y parábolas aún por descifrar. Más
aún, el mismo autor divino repite su actitud ante las muchedumbres que le
escuchaban y se complace en sellar el significado de muchas de sus palabras:
me disponía a escribir, cuando oí una voz del cielo que decía: «Sella lo que
han dicho los siete truenos y no lo escribas».
¿A qué entonces intentar desvelarlos? Cierto que podríamos perder el tiempo.
Como decía el sabio rabino Gamaliel, nos encontraríamos luchando contra
Dios.
Pero no es menos cierto que los sellos son para abrirlos en el momento y del
modo oportuno. Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con
ello. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad
completa (...) y os anunciará lo que ha de venir.
Y Jesucristo, llegado el momento de tomar el libro y abrir sus sellos,
anuncia que el Espíritu nos hablará lo que (le) oiga.
Sin duda no es con un lenguaje común, pero tampoco es complejo o de eruditos
pues la sabiduría de este mundo es necedad a los ojos de Dios
y ha escogido Dios más bien lo necio del mundo para confundir a los
sabios.
La oración, el trato personal con Dios, es la actitud que abre paso a la Luz
que la divina Sabiduría quiso poner en esas líneas: Y me dijo: No selles
las palabras proféticas de este libro, porque el Tiempo está cerca.
El libro que tiene entre las
manos quiere guiar algunos pasos de este proceso personal e intransferible. Cada
persona es irrepetible y su encuentro con el Creador es único: al que
tenga sed, yo le daré del manantial del agua de la vida gratis.
Alguien dijo que Dios solo sabe contar hasta uno, que no tiene fotocopiadora.
Estas páginas se han hecho con la intención de facilitar la andadura por el
camino del trato personal con Dios, a partir del texto del Apocalipsis. Quizá
desvelará algunos de mis descubrimientos y reflexiones pero estoy seguro que los
más importantes, los que llegarán al fondo de Vd. mismo, los obtendrá, como
decía el poeta, “haciendo camino al andar”. La empresa es atractiva y la
remuneración está asegurada: el que tenga sed, que se acerque, y el que
quiera, reciba gratis agua de vida.
Pero también me atrevería a decir, aún a riesgo de adelantar algunas de mis
conclusiones, que esta tarea es ahora más apremiante que en otras épocas de la
historia porque mira, vengo pronto. Dichoso el que guarde las palabras
proféticas de este libro,
porque el Tiempo está cerca.
Con el fin de conseguir el
objetivo del libro, comenzaré por mostrar brevemente la distribución general del
Apocalipsis para que los árboles no nos impidan ver el bosque. La estructura
interna de sus capítulos es más sencilla de lo que a primera vista puede
parecer. Luego, con mayor detalle, describiré la íntima relación que tiene el
Apocalipsis con otros pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento. Sería imposible
entender el Apocalipsis sin relacionarlo con el libro del Génesis, los escritos
del profeta Daniel o las mismas narraciones de la Pasión de Nuestro Señor.
Por último, aplicaré la lupa
a cada sección del bosque y, si fuere necesario a cada árbol. Los hay
maravillosos. Trataré incluso de la armoniosa relación de algunos de ellos con
el entorno que le rodea. Sin embargo, es imposible describirlo todo, porque
además de prolijo, rompería con la finalidad principal de esta obra que sólo es
enseñar a pasear por este vergel. El resto del camino lo debe hacer cada lector,
con su personal interés y amor a la Verdad. Precisamente esta sencilla y
profunda actitud es el antídoto que San Pablo dio para no sucumbir en los
terribles vaivenes que nos esperan en el núcleo de los tiempos apocalípticos. En
su segunda carta a los Tesalonicenses dice que la venida del Impío estará
señalada por el influjo de Satanás, con toda clase de milagros, señales,
prodigios engañosos, y todo tipo de maldades que seducirán a los que se han de
condenar por no haber aceptado el amor de la verdad que les hubiera salvado. Por
eso Dios les envía un poder seductor que les hace creer en la mentira, para que
sean condenados todos cuantos no creyeron en la verdad y prefirieron la
iniquidad.
Estoy seguro que disfrutará
en el recorrido. En muchas ocasiones se encontrará a sí mismo pronunciando aquel
grito de muchedumbres inmensas e incontables de toda nación, raza, pueblo y
lengua unidos a los ángeles: alabanza, gloria, sabiduría, acción de
gracias, honor, poder y fuerza, a nuestro Dios por los siglos de los siglos.
Amén.
En otros momentos gritará con los que sufren y sufrieron ¿Hasta cuándo,
Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia y sin tomar venganza por
nuestra sangre de los habitantes de la tierra?
En otros, probablemente volverá a considerar en toda su hondura aquella petición
que Jesús nos enseñó en el Padrenuestro: venga tu Reino; hágase tu
Voluntad así en la tierra como en el cielo.
En cualquier caso, llegará al convencimiento de que Dios es el Señor de la
historia y de que su poder no ha menguado en nuestros tiempos tan especiales.