Reflexiones al hilo del Apocalipsis (1ª parte)

Capítulo 1: Estructura general del Apocalipsis

 

1.1. Un aparente desorden

           Antes de comenzar a explorar el contenido del Apocalipsis conviene tener algunos datos que sirvan para centrar algunos aspectos básicos del desarrollo del libro. Estas referencias son como describir el ambiente y los motivos que componen una obra de arte. Es completamente diferente enfrentarse a una pintura o una sinfonía si se conocen previamente ciertos datos que la enmarcan en una época, el estilo particular al que pertenece, su motivo principal y, si es posible, elementos de la vida del autor que influyeron en su obra. Todo esto ayuda a adaptar nuestra capacidad de observar y entender mejor la obra artística, quizá centrar la observación en los aspectos más relevantes, valorar adecuadamente la inspiración que lo motivó, en definitiva, comprender mejor el mensaje que transmite su autor.

 

          Desde esta perspectiva, el Apocalipsis es el último libro de los que componen la Sagrada Escritura, por tanto, su autor último es Dios. Fue escrito por el Apóstol San Juan hacia el final de su vida, en los últimos años del primer siglo de nuestra era. Lo escribe, como dice en el mismo libro, en la isla llamada Patmos[1], en donde se hallaba desterrado por causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús[2]. El libro originalmente fue escrito en griego y consta de 22 capítulos. Cada uno de ellos cabe holgadamente en una o dos páginas de tamaño mediano. No es, por tanto, un texto largo o de gran extensión para una narración ordenada. Sin embargo, la primera vez que se lee, a las pocas páginas se tiene la impresión de estar perdido. El argumento es cambiante, nada rectilíneo. No se sabe por qué se introduce una escenografía en un punto dado y no en otro. Los personajes aparecen y desaparecen sin una clara solución de continuidad. Las alegorías y metáforas abundan, pero inicialmente tampoco aclaran un hilo narrativo. En definitiva, la primera impresión es ciertamente caótica y descorazonadora. Nuestra  mentalidad, habituada al argumento ordenado del razonamiento de la cultura occidental, recibe un choque inmerecido para el interés que puso en la lectura. Desde el comienzo se percibe que la comprensión del texto no va a ser cosa fácil, por lo que toda ayuda y explicación serán bienvenidas.  

 

Sin caer en extremos de erudición, que no son el objeto de este libro, no resulta sobrante hacer un pequeño bosquejo inicial que disminuya los efectos poco positivos del primer impacto. Digo disminuir y no eliminar porque sólo después de algunas relecturas comienzan nuestras neuronas a hacerse al estilo y paladear la tremenda profundidad que encierra. Poco a poco se entiende que aconseje al que tenga sed, que se acerque, y el que quiera, reciba gratis agua de vida[3]. Toda Palabra de Dios, tiene siempre un sentido inagotable y está hecha para los hombres de todas las épocas. San Pablo explica que toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para argüir, para corregir y para educar en la justicia[4]. De este modo, es claro que el estilo que encierra el mensaje de los distintos libros sagrados es variado, pero nunca fruto de la casualidad. Se podría asemejar al cuidadoso diseño de los frascos que encierran preciadas esencias. En el caso del Apocalipsis esta envoltura, además de original, resulta pronto atractiva y adecuada al valioso contenido. En nuestro caso, el autor sagrado lo salvaguarda advirtiendo que si alguno añade algo sobre esto, Dios  echará sobre él las plagas que se describen en este libro. Y si alguno quita algo a las palabras de este libro profético, Dios le quitará su parte en el árbol de la Vida y en la Ciudad Santa, que se describen en este libro[5].

 

En la lectura de cualquier libro de la Biblia convergen siempre varios sentidos o interpretaciones. La primera referencia debe ser al sentido o interpretación literal, sobre el cual se basan todos los demás posibles sentidos. En realidad esto no es más que aplicar el sentido común, tanto como razonablemente es posible. No se puede hablar de simbolismos si primero no se entiende el objeto real base de la alegoría. Aún más: no se podría plantear la parábola de una perla de gran valor[6], de un grano de mostaza[7] o de una red que se echa en el mar[8], si estos objetos no existieran realmente. Por tanto, de manera general debe decirse que el simbolismo se apoya en la literalidad, no que la excluye.

 

En ocasiones, el estilo alegórico del Apocalipsis hace difícil visualizar un sentido literal propiamente dicho, como por ejemplo, cuando el autor ve surgir del mar una Bestia que tenía diez cuernos y siete cabezas[9]. Sin embargo esto no debe llevar al extremo contrario de abandonar constantemente la explicación literal y buscar sólo metáforas siempre que encontremos algún pasaje que parezca oscuro. Así, por ejemplo, cuando se cita una primera resurrección[10] sin carácter universal, no debe olvidarse sin justificación el principio de literalidad. En realidad, debe probarse que no son posibles ambos sentidos, el literal y el simbólico. Así pues conviene mantener un equilibrio para comprender el doble significado material y espiritual, externo e interno, no excluyentes entre sí, sino complementarios, de muchos hechos narrados en el Apocalipsis. A veces es más clara una interpretación que la otra, pero casi siempre un segundo esfuerzo nos hará entender el significado del sentido más oculto y complementario.

 

La temática del Apocalipsis puede agruparse de muchas formas. En este caso, quiero hacerlo asemejándolo a un arco de medio punto. Puedo imaginarlo de una pequeña iglesia románica, de una catedral, o de un puente. El arco es aquí la narración principal. La bóveda del arco, está sustentada sobre un pilar a cada lado. El izquierdo y el derecho lo forman los 3 primeros y los 3 últimos capítulos del libro. Las narraciones correspondientes a cada uno de los dos apoyos del arco principal, tienen sentido por sí mismas. Sin embargo, su temática adquiere pleno significado con relación a la narración del arco. El argumento de la historia de cada columna es diferente del relato del arco central. El arco se desarrolla en los 16 capítulos centrales del libro. Esta primera diferenciación reduce algo la dificultad de comprender el argumento del Apocalipsis. Como veremos más detalladamente, los motivos de las tres historias principales del Apocalipsis son, sucesivamente, la historia de la Iglesia, en los tres primeros capítulos. Al arco principal, del capítulo 4 al 19, le corresponde la narración del Día de Yahveh. Por último, los tres capítulos finales narran el desarrollo del Día del Señor. Ambos términos, día de Yahveh y del Señor, son frecuentes en la Sagrada Escritura y, en contra de lo que pudiera parecer, no se trata de vocablos sinónimos. Ahondar en los motivos que justifican esta distinción cae fuera de los objetivos de este libro[11].

 

 

1.2. Un comienzo que es un resumen histórico.

 

El libro del Apocalipsis comienza con una breve presentación de su objeto y las circunstancias en que es escrito. El autor sagrado pasa enseguida a escribir unas cartas a las siete iglesias de Asia[12] Menor. Muchas son las investigaciones que han tratando de ajustar los pocos datos conocidos de aquellas primeras comunidades cristianas al diagnóstico que de cada una de ellas hace el Apocalipsis. Sin menospreciar esas interpretaciones del corto plazo, literales en lo geográfico y temporal, también se ha defendido desde los tiempos patrísticos que éstas siete iglesias corresponden a siete épocas sucesivas del desarrollo de la Iglesia en la historia. Sin duda ésta explicación parece más concorde con el espíritu profético del libro, a la vez que invita a indagar en qué época de las descritas nos encontramos, a qué iglesia del Apocalipsis pertenece nuestro tiempo. Más adelante en este libro trataré este asunto pero, sería conveniente que para entonces, usted tuviera ya cierta opinión procedente de su propio análisis en presencia de Dios. De este modo, comienza a ejercitarse en el objeto de este libro que es convertir el texto sagrado en orientación asidua para su comunicación personal con Dios.

 

1.3. El desarrollo de la historia central

 

El motivo central del Apocalipsis es la descripción del periodo histórico denominado en toda la Sagrada Escritura como el Día de Yahveh. Isaías presenta este especial momento histórico con términos grandiosos: He aquí que el Día de Yahveh viene implacable, el arrebato, el ardor de su ira, a convertir la tierra en yermo y exterminar de ella a los pecadores[13]. Casi todos los profetas mayores y menores hablan de ese Día y siempre con tintes dolorosos. Día grande y terrible, ¿quién lo soportará?[14]. Día de ira, de venganza de Dios sobre el mal en el mundo, día de angustia y de aprieto, día de devastación y desolación, día de tinieblas y de oscuridad, día de nublado y densa niebla[15]. Ni su plata ni su oro podrán salvarlos en el Día de la ira de Yahveh, cuando por el fuego de su celo la tierra entera sea devorada; pues él hará exterminio, ¡y terrorífico!, de todos los habitantes de la tierra[16]. Pero también día en el que hay esperanza para los que cumplen la Voluntad de Dios: Buscad a Yahveh, vosotros todos, humildes de la tierra, que cumplís sus normas; buscad la justicia, buscad la humildad; quizá encontréis cobijo el Día de la cólera de Yahveh[17]. Y sucederá que todo el que invoque el nombre de Yahveh será salvo, porque en el monte Sión y en Jerusalén habrá supervivencia, como ha dicho Yahveh, y entre los supervivientes estarán los que llame Yahveh[18]. Día doloroso, pero Día de esperanza como nos aseguró el Señor ya que cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación[19].

 

El relato central del Apocalipsis amplía el conocimiento sobre el Día de Yahveh que nos da el Antiguo Testamento, no sólo porque no hace nada el Señor Yahveh sin revelar su secreto a sus siervos los profetas[20], sino porque Dios revela progresivamente sus verdades. En el siguiente capítulo trataré con más detalle las citas bíblicas anteriores al Apocalipsis, pero la visión que tenemos del Día de Yahveh después del Apocalipsis es mucho más detallada y completa. En esta descripción introduce elementos que no estaban disponibles hasta la llegada del Nuevo Testamento: el Cordero, la Mujer vestida de sol, los 24 Ancianos, etc. Con el paso de los años, está predicho por el profeta Joel que habrá nuevas ayudas del Cielo, para estar alerta y comprender los planes divinos del Día de Yahveh pues vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Hasta en los siervos y las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días. Y realizaré prodigios en el cielo y en la tierra, sangre, fuego, columnas de humo. El sol se cambiará en tinieblas y la luna en sangre, ante la venida del Día de Yahveh, grande y terrible[21]. Incluso están predichas por el profeta Malaquías otras ayudas especiales de Dios, como la aparición del profeta Elías antes que llegue el Día de Yahveh, grande y terrible[22]; designado en los reproches futuros, para calmar la ira antes que estallara, para hacer volver el corazón de los padres a los hijos, y restablecer las tribus de Jacob[23].

 

La narración del Día de Yahveh se hace en los 16 capítulos centrales del Apocalipsis. Para describir los acontecimientos aparecen entrelazados dos tipos diferenciados de analogías. La más clara sigue la historia de un dragón, dos bestias y una prostituta que luchan contra la Mujer vestida de sol y su descendencia. El mal está así dirigido por una imitación antitética de la Trinidad divina y de la Madre de Dios. La segunda analogía la forman tres metáforas sucesivas: sellos, trompetas y copas. Cada una de ellas es un grupo que consta de 7 elementos que desencadenan acontecimientos diversos sobre la tierra. De algún modo, el orden de estos sucesos marca una cierta cronología del Día de Yahveh. El reloj queda completado con la historia de la lucha entre la Mujer y el dragón que se desarrolla paralelamente. El escenario de ambas analogías es la Tierra, pero en ocasiones la narración salta al Cielo que no es ajeno al desarrollo de los acontecimientos sino que los observa y dirige según una estrategia divina que busca la conversión de los hombres a Dios.

 

 

1.4. Un final consolador

 

El Apocalipsis termina con la narración del Día del Señor que como hemos dicho no es sinónimo del Día de Yahveh. De hecho llamamos Día del Señor o Domingo, palabra que no existe en la Biblia, al día de descanso del trabajo ligado al séptimo día de la Creación y al día de victoria que va unido a la Resurrección del Señor. De algún modo, el Día de Yahveh es comparable al preámbulo doloroso de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor, mientras que el Día del Señor es el gozo y la alegría posterior. San Juan ve los acontecimientos del Apocalipsis en éxtasis el día del Señor[24]. Desde esa atalaya futura puede describir el desarrollo de los hechos “previos” con detalle y del “presente” en que se encuentra, en virtud del éxtasis que Dios le ha concedido.

 

La situación de séptimo día, por semejanza con los siete días del proceso de la Creación y al igual de aquel día que bendijo Dios (...) y lo santificó[25], sugiere que este periodo del Día del Señor también será especialmente rico en gracias de Dios. De hecho el Apocalipsis comienza por el encierro de  la Serpiente antigua - que es el Diablo y Satanás - y lo encadenó por mil años[26]. Continua afirmando de algunos hombres que revivieron y reinaron con Cristo mil años[27], y describe, por último, la nueva Jerusalén, que baja del cielo, de junto a Dios[28] para sustituir al mundo viejo (que) ha pasado[29]. La nueva ciudad está regada por el río de agua de Vida, (...) que brota del trono de Dios y del Cordero[30] y noche ya no habrá; no tienen necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol, porque el Señor Dios los alumbrará y reinarán por los siglos de los siglos[31]. En resumen, una situación radicalmente diferente de la etapa anterior del mundo como hasta ahora lo hemos conocido y del propio Día de Yahveh.

 

Por otro lado, la situación de séptimo día también parece sugerir, según una tradición fundada en las enseñanzas de algunos Padres de la Iglesia y no pocos místicos y santos, que es el último periodo de la historia de los hombres sobre la Tierra. Según esta  hipótesis, la historia estaría constituida hasta ese momento por seis días y como ante el Señor un día es como mil años y, mil años, como un día[32], aproximadamente 6000 años sería el tiempo del hombre desde Adán sobre la tierra.

 

Las cronologías bíblicas más firmes confirman aproximadamente esta cuenta. El año judío 5760 coincide con el 2000 de nuestra era cristiana. Hacia el año 1000 antes de Cristo se sitúa la construcción del templo de Salomón, hacia el 1500 la salida de Egipto, hacia el 2000 el nacimiento de Abraham, hacia el 2350 el diluvio y con anterioridad la época de los patriarcas hasta le creación de Adán unos 4000 años antes del nacimiento de Cristo.

 

Esta interpretación también parece apoyar la distinción entre el proceso de hominización y el de humanización. El primero nada tendría que ver con la creación del hombre sino, en el mejor de los casos, con la preparación de su parte material, polvo del suelo[33]. El segundo proceso es el que narra la Biblia de creación del hombre con intervención directa de Dios que insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente[34].

 

Hasta no hace mucho, se identificaba frecuentemente a Adán y Eva con los padres de unos feos homínidos, cuyos huesos fósiles datan millones de años. Esta asociación suponía un salto mental que, en realidad, carece de apoyo científico y escriturístico. Emparejar la belleza de Adán y Eva, creación directa de Dios a su imagen y semejanza[35], no encajó nunca bien con los resultados evolucionistas de pseudo monos encorvados. Tampoco engranaba bien esta teoría el hecho de que la sabiduría y ciencia del hombre, que poco después de salir de las manos de Dios puso nombre a todos los animales[36], solo fuera capaz de fabricar toscos utensilios de piedra.

 

En realidad, al mirar con detalle la Sagrada Escritura hay otros datos que apoyan la diferencia entre hombres y homínidos. Fue Abel pastor de ovejas y Caín labrador[37], es decir, la segunda generación de hombres, a pesar del daño provocado en su naturaleza por el pecado, ya cultivaba la tierra y pastoreaba ganados. Este punto muestra un aprendizaje fuera de la lentitud de las leyes evolucionistas. Además, cuando Caín fue castigado por matar a su hermano Yahveh puso una señal a Caín para que nadie que le encontrase le atacara[38]. Fuera del Paraíso, parece indicarse la existencia de homínidos cuyo origen no seguía los pasos de la creación de Adán y Eva. Más adelante veremos algún ejemplo más que confirma esta interpretación. En ocasiones, la ciencia ha sido utilizada como arma arrojadiza de un inculto sectarismo que desprecia a Dios como obstáculo para el progreso del conocimiento.

 

Al seguir esta síntesis histórica, fácilmente puede deducirse que, aproximadamente cada dos mil años, hay un salto en la relación del hombre con Dios. En el primer bimilenio, tras el pecado original, el hombre tiene básicamente un conocimiento natural de Dios y, en consecuencia, le ofrece un culto natural consistente en el ofrecimiento de los frutos de la tierra. En el segundo bimilenio, Dios escoge para Sí un pueblo al que se revela con profundidad, con el que establece una alianza y habita en un templo donde acepta oraciones y sacrificios. Al comienzo del tercer bimilenio, Dios da al hombre a su mismo Hijo unigénito y éste se ofrece en sacrificio para la redención del hombre, sellando así con él una alianza eterna de amor.

 

Concuerda de este modo la esperanza de que en el entorno del cambio de bimilenio, se produzca un nuevo acercamiento de Dios al hombre sobre la base de los dos acercamientos anteriores. Esta situación sería la nueva Jerusalén profetizada en los 3 últimos capítulos del Apocalipsis. La transición también ahora estaría marcada por sucesos muy especiales, como lo estuvieron las dos ocasiones anteriores: en este caso es el  denominado Día de Yahveh.

 


[1] Apocalipsis 1, 9

[2] Apocalipsis 1, 9

[3] Apocalipsis 22, 16

[4] II Timoteo 3, 16

[5] Apocalipsis 22, 18-19

[6] Mateo 13, 46

[7] Mateo 13, 31

[8] Mateo 13, 47

[9] Apocalipsis 13, 1

[10] Apocalipsis 20, 6

[11] Véase p. ej., Auclair, R (1984-87) L’Apocalypse. 3 Vols.  1046 págs. Ed. Stella. Québec.

[12] Apocalipsis 1, 4.

[13] Isaías 13, 9

[14] Joel 2, 11

[15] Sofonías 1, 15

[16] Sofonías 1, 18

[17] Sofonías 2,3

[18] Joel  3, 5

[19] Lucas 21, 28

[20] Amos 3, 7

[21] Joel 3, 1-4

[22] Malaquías 3, 23

[23] Eclesiástico 48,10

[24] Apocalipsis 1,10

[25] Génesis 2, 3

[26] Apocalipsis 20, 2

[27] Apocalipsis 20, 4

[28] Apocalipsis 21, 2

[29] Apocalipsis 21, 4

[30] Apocalipsis 22, 1

[31] Apocalipsis 22, 5

[32] II Pedro 3, 8

[33] Génesis 2, 7

[34] Génesis 2, 7

[35] Génesis 1, 26

[36] Génesis 2, 19

[37] Génesis 4, 2

[38] Génesis 4, 15

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