| Mi Reino no es de este mundo ahora |
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Recientemente la Liturgia del Domingo de Cristo Rey volvió a traer a la
lectura de la Misa el conocido texto del Evangelio de San Juan que
narra el interrogatorio de Pilatos a Nuestro Señor en el pretorio: «¿Eres tú el Rey de los judíos?»[1]
La traducción litúrgica y de las versiones mas conocidas de los
Evangelios en español, suelen omitir una palabra de la respuesta de
Nuestro Señor que es fundamental para entender la misma respuesta y que
tiene graves consecuencias para los mismos planteamientos del
apostolado cristiano. La palabra que se omite es ahora. He aquí la traducción completa de la respuesta del Señor «Mi
Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente
habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero ahora mi Reino no es de aquí.»[2]
En la Vulgata y en la Neo-Vulgata, que son las versiones oficiales de la Iglesia Católica sobre la Sagrada Escritura, la última parte del versículo 36, capítulo 18 del Evangelio de San Juan, se lee: nunc autem meum regnum non est hinc. La traducción de la palabra latina nunc es ahora.
Es fácil comprender que el sentido de la respuesta del Señor cambia radicalmente si se omite esta pequeña palabra pues si no hay un momento de la historia en el que Su Reino sea de este mundo, ¿para qué intentar que la sociedad civil viva los valores cristianos? Mantengamos nuestras creencias dentro de los límites de lo privado. Esperemos que pronto nos llegue la muerte para trasladarnos al mundo en que si está Su Reino. Dejemos de rezar venga a nosotros Tu Reino[3] y comencemos a rezar vayamos nosotros a Tu Reino. Reprimamos ciertas espiritualidades que pretenden santificar el mundo desde enmedio del mundo. Advirtamos de su seguro fracaso a los movimientos pro-vida. Estamos radicalmente equivocados intentando conseguir una sociedad cristiana. También se equivocaron miles de mártires que morían por su fe católica gritando: ¡Viva Cristo Rey! Si quitamos esa pequeña palabra, adiós a nuestra esperanza de un mundo mejor. La omisión no sólo se encuentra en la versión litúrgica que se utiliza en los altares en España, y en América, sino también en las traducciones del Misal bilingüe del P. Molina S.J.[1], del Nuevo Misal del Vaticano II – Textos oficiales aprobados por la Conferencia Episcopal Española[2], de Ediciones Paulinas[3], de Nácar-Colunga (BAC)[4], de Torres Amat (Casa de la Biblia Católica)[5], de Eunsa (Universidad de Navarra)[6], de la Biblia de Jerusalén (Ed. Electrónica)[7] y del la del Apostolado Mariano[8]. Las únicas excepciones a esta larga lista son versiones difícilmente accesibles: la del Obispo Felipe Scio de San Miguel (1864)[9] y la Concordancia de los Evangelios del P. Bover S.J. (1959)[10]. Probablemente podría aumentar la lista, sin embargo las traducciones protestantes que he revisado, no omiten esa importante palabra. Tampoco las traducciones al inglés, francés e italiano que he tenido ocasión de ver la omiten, incluida la versión Douay-Reims que es la traducción más extendida de la Vulgata en inglés. Es difícil explicar cómo en el mundo políglota moderno, en que desde la niñez se aprende un segundo y tercer idioma para defenderse en la vida, se admite un error de traducción tan importante en una institución que habla tantos idiomas y requiere el “imprimatur” y el “nihil obstat” para publicar sus libros. Solo un temor malentendido a que las ideas cristianas influyan en la sociedad puede explicar esta carencia. El hecho de que el Reino de Dios comience en el interior del hombre no impide que se manifieste exteriormente y algún día eclosione en una sociedad plenamente cristiana. Como dicen el razonamiento matemático, A no impide B.Mantener la posibilidad de un Reino temporal de Jesucristo pudo parecer arriesgado a algunos ya que Jesús actuó en contra de este planteamiento en alguna ocasión. Así ocurrió cuando, después de una multiplicación de panes que había dado de comer al menos a 5.000 hombres, dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo[11]. Asimismo, en otra ocasión, después de haber curado a diez leprosos, de los que uno sólo volvió a darle gracias, le preguntaron unos fariseos: ¿Cuándo vendrá el reino de Dios? Les respondió. El reino de Dios no vendrá con muestra exterior. No dirán, helo aquí o helo allá. Porque el reino de Dios está dentro de vosotros[12].
Sin embargo, en otras ocasiones Jesús dejó abiertamente que se le tributaran honores de Rey. Así, por ejemplo, cuando en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle.»[13] Después de las indagaciones oportunas, resueltas mediante las profecías de la Sagrada Escritura, dieron con él y entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra.[14] Oro por ser Rey, incienso por ser Dios y mirra por ser hombre. Así aceptó el homenaje de sus corazones que se manifestaba al exterior.
Más tarde, hacia el final de su vida pública, al enterarse la numerosa muchedumbre que había llegado para la fiesta, de que Jesús se dirigía a Jerusalén, tomaron ramas de palmera y salieron a su encuentro gritando: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor, y el Rey de Israel!»[15] «Bendito el Rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas.»[16] Estas proclamaciones sentaron muy mal a los fariseos que le dijeron «Maestro, reprende a tus discípulos.»[17] Y en vez de corregirlos, Jesús respondió: «Os digo que si éstos callan gritarán las piedras.»[18] Entonces los fariseos se dijeron entre sí: «¿Veis cómo no adelantáis nada?, todo el mundo se ha ido tras él.»[19]
Pocos días más tarde llegó el momento clave en que los desairados sacerdotes y fariseos tuvieron la ocasión de revancha y gritaron: «Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César.»[20] Fue entonces cuando, Pilatos interrogó a Jesús en el pretorio sobre este punto que le acusaban: «¿Eres tú el Rey de los judíos?»[21] La respuesta de Nuestro Señor, fue inequívoca en mostrar su condición de Rey: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuese de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos: pero ahora mi Reino no es de aquí.»[22] La partícula ahora de este texto sagrado implica dos momentos de manifestación sucesiva de su realeza en el mundo: un primero sólo espiritual, que no preocupaba y que utilizó como excusa Pilatos, y otro posterior de pleno poder, que será consecuencia de la maduración en los hombres de su doctrina espiritual.
Entonces Pilatos le dijo: «¿Luego tú eres Rey?» Respondió Jesús: «Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.»[23] La respuesta confirmó a Pilatos que Jesús no era un Rey a quien temer en aquel momento. Y ese extraño planteamiento de reinado, fue para él motivo de mofa. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le vistieron un manto de púrpura; y, acercándose a él, le decían: «Salve, Rey de los judíos.» Y le daban bofetadas.[24] Y, por último, lo utilizó como justificación pública de la condena pues Pilatos redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz. Lo escrito era: «Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos.»[25]
En aquellos momentos, ni los judíos deseaban aquella inscripción, ni Pilatos entendió lo que Jesús respondió. Entonces como ahora, Jesús busca primeramente ser Rey de los corazones. En la etapa histórica anterior al Día del Señor, el reino de Dios está dentro de vosotros[26]. San Pablo precisa que nosotros poseemos las primicias del Espíritu[27], es decir que aún falta algo para completar ese reino que ahora está dentro de nosotros. Pero las primicias son siempre un avance de lo que se completará más adelante.
Jesús describió en una parábola cómo la manifestación del Reino de los Cielos va de menos a más, de dentro a fuera: «El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo»[28] O de modo semejante, como semilla que brota, el Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo. Es ciertamente más pequeña que cualquier semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas, y se hace árbol[29]. Una vez que se desarrolla, ese reino de los Cielos ya no se podrá ocultar, y trasciende hasta el punto de que las aves del cielo vienen y anidan en sus ramas[30].
La transformación de lo que tú siembras no revive si no muere[31]. Y el proceso del Día de Yahveh será como la muerte para la semilla del reino de los Cielos. En la etapa histórica del Día del Señor la semilla del reino de Dios se convertirá en una realidad viva en toda la tierra; así en la tierra como en el Cielo[32] De este modo Dios Padre concede la petición del Verbo de Dios humanado, de la que nos hizo participar a todos los cristianos con la oración del Padrenuestro, porque realmente regnare Christum volumus!, queremos que El reine.
[1] Ed. Hispania, 1944 [2] Nuevo Misal del Vaticano II, Ed. Desclee de Brouwer y Ed. Mensajero, 4ª Edición 1995 [3] La Santa Biblia, Ediciones Paulinas, 1995 [4] Sagrada Biblia, Nacar-Colunga, BAC 1957 y Nuevo Testamento, BAC 1967 [5] La Sagrada Biblia, La Casa de la Biblia Católica, 1950. [6] Evangelio de San Juan, Español-Latín, Eunsa 1984. [7] Biblia de Jerusalén, Ed. Desclee de Bouwer, 1990 [8] Nuevo Testamento Explicado, Ed. Apostolado Mariano, 1988 [9] La Sagrada Biblia. Sociedad Editorial La Maravilla, Barcelona 1864. [10] Concordancia de los Santos Evangelios, Ed Lux Mundi, 1959. [11] Juan 6, 15 [12] Lucas 17, 20-21 [13] Mateo 2, 1-2 [14] Mateo 2, 11 [15] Juan 12, 12-13 [16] Lucas 19, 38 [17] Lucas 19, 39 [18] Lucas 19, 40 [19] Juan 12, 19 [20] Juan 19, 12 [21] Juan 18, 33 [22] Juan 18, 36 [23] Juan 18, 37 [24] Juan 19, 2-3 [25] Juan 19, 19 [26] Lucas 17, 20-21 [27] Romanos 8, 23 [28] Lucas 13, 21 [29] Mateo 13, 31-32 [30] Mateo 13, 31-32 [31] 1 Corintios 15, 36 [32] Mateo 6, 10 |



